jueves, 5 de febrero de 2015

Baile de máscaras

Escribo esta entrada en fechas próximas al Carnaval. Tumbada en mi cama y a la vez que tecleo, veo un anuncio en el que animan a comprar un disfraz. Y me pregunto cuántos niños, adolescentes, jóvenes y adultos se habrán dejado sus ahorros en un disfraz y en la máscara o antifaz de turno.

La mayoría cree que solo cubrimos nuestro rostro en la época de Carnaval, pero realmente la vida es una obra de teatro y nosotros somos los actores principales, los que escogemos  nuestras propias máscaras.  Hay máscaras hermosas, dotadas de elegancia; otras toscas y rudas;  hay máscaras que desprenden ternura; otras seriedad, y un largo etcétera.  De ese modo funciona la realidad: somos un conjunto de máscaras que vamos usando en función de dónde o con quién estemos.  Así lo dijo el prestigioso sociólogo Erving Goffman, en su obra “La presentación de la persona en la vida cotidiana”.

Desde que somos unos retoños aprendemos a comportarnos y a adaptarnos a las diferentes situaciones. Usamos una máscara y al rato ya la hemos cambiado por otra.  En nuestro día a día  danzamos en un salón en el que tenemos que tener especial cuidado, ese salón es el más hermoso, pero también el más peligroso de todos: la VIDA.

Al igual que un bailarín escoge un traje y unos zapatos adecuados, nosotros andamos con pies de plomo para elegir bien el antifaz más adecuado, ese que nos permita  comportarnos como debemos o al menos como los demás esperan que nos comportemos.  Porque aunque digamos que no nos importa lo que puedan opinar los otros, en realidad sí lo damos mucha pero que mucha importancia. Y pensamos: ¿estaré cubriendo sus expectativas? ¿Me estoy comportando como debo?

Pero bailar cansa. ¿O no? ¿Nos cansamos de cambiar constantemente de máscara?
Solo quiero que pensemos una cosa: ¿Y cuándo somos nosotros mismos? ¿Cuándo actuamos como nosotros deseamos realmente?