Escribo esta entrada en fechas
próximas al Carnaval. Tumbada en mi cama y a la vez que tecleo, veo un anuncio
en el que animan a comprar un disfraz. Y me pregunto cuántos niños, adolescentes,
jóvenes y adultos se habrán dejado sus ahorros en un disfraz y en la máscara o
antifaz de turno.
La mayoría cree que solo cubrimos
nuestro rostro en la época de Carnaval, pero realmente la vida es una obra de
teatro y nosotros somos los actores principales, los que escogemos nuestras propias máscaras. Hay máscaras hermosas, dotadas de elegancia;
otras toscas y rudas; hay máscaras que
desprenden ternura; otras seriedad, y un largo etcétera. De ese modo funciona la realidad: somos un conjunto de
máscaras que vamos usando en función de dónde o con quién estemos. Así lo dijo el prestigioso sociólogo Erving
Goffman, en su obra “La presentación de
la persona en la vida cotidiana”.
Desde que somos unos retoños
aprendemos a comportarnos y a adaptarnos a las diferentes situaciones. Usamos
una máscara y al rato ya la hemos cambiado por otra. En nuestro día a día danzamos en un salón en el que tenemos que tener
especial cuidado, ese salón es el más hermoso, pero también el más peligroso de
todos: la VIDA.
Al igual que un bailarín escoge un
traje y unos zapatos adecuados, nosotros andamos con pies de plomo para elegir
bien el antifaz más adecuado, ese que nos permita comportarnos como debemos o al menos como los
demás esperan que nos comportemos. Porque
aunque digamos que no nos importa lo que puedan opinar los otros, en realidad
sí lo damos mucha pero que mucha importancia. Y pensamos: ¿estaré cubriendo sus
expectativas? ¿Me estoy comportando como debo?
Pero bailar cansa. ¿O no? ¿Nos
cansamos de cambiar constantemente de máscara?
Solo quiero que pensemos una cosa: ¿Y cuándo somos nosotros mismos? ¿Cuándo actuamos como nosotros deseamos realmente?
