Olvidadizos, despistados, distraídos… desmemoriados, diría yo.
Cuantas veces nos hemos olvidado de una fecha importante, de una fecha que
teníamos rodeada en rojo en nuestro calendario. Y si no recordamos esas fechas señaladas,
no es de extrañar que nos olvidemos por completo de los que están a cientos de
kilómetros. Hablo de las miles de personas que todavía se ven obligadas a
luchar contra el ébola.
Sí, aquí ya estamos tranquilos porque nos hemos zafado de aquello que creó el pánico
en nuestras tierras y que copaba portadas de periódicos, telediarios y
boletines de radio. Nosotros, los que decimos vivir en países desarrollados,
estamos envueltos en el caos del trabajo, en el no parar, en el no tener tiempo
para mirar al que tenemos enfrente y además, tenemos que pelear contra
problemas que se nos han ido de las manos y que han convertido la sociedad
occidental en la civilización incivilizada: el reino de la corrupción, un mar
en el que los tiburones nadan a sus anchas, una selva en la que las fieras son
las reinas, un lugar en el que impera la ley del más fuerte. Ante esta situación, yo me hago una pregunta:
¿y si nos dejamos de mirar tanto el ombligo y miramos un poco más al otro?
Hace unos meses, nuestro mayor temor era contagiarnos de ébola
y ahora… ahora ya parece que el ébola no existe. Quizás lo que no sepamos es
que en países como Guinea o Sierra Leona, el ébola sigue causando estragos y ya
son más de 10.000, las personas que han perdido la vida por esta enfermedad. Son
muchos los niños que ven empañados sus ojos por las lágrimas mientras
contemplan cómo sus seres queridos son poco a poco comidos por esa enfermedad que
todavía no se ha logrado erradicar y que los civilizados de occidente hemos
borrado de nuestra mente.
Así somos, irremediablemente frágiles de memoria.

Un artículo cargado de razón, sí Señor.
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