Escalofríos invaden mi
cuerpo cuando veo una vez más cómo los seres humanos, esos que presumen de
llevar la bondad y la nobleza por bandera atentan contra la vida de sus iguales
sin importar nada, pero de eso ya hablaremos. Al parecer solo tiene importancia
seguir adelante con los ideales, esos que tenemos como intocables,
incuestionables.
Es fácil mirar a los
otros, mirar por ejemplo hacia Oriente Próximo y ver cómo se producen infinidad
de asesinatos, cómo miles de niños lloran desconsolados en medio de ambientes
devastadores en los que no hay más que olor a pólvora quemada, mientras buscan
con sus ojitos inocentes, empañados por las lágrimas a sus madres. Es fácil ver
a través de una pantalla todo esto, ¡eso es muy fácil!, pero ¿qué hay de todas
esas situaciones que nos afectan directamente? ¿Quizás no somos nosotros también
unos bárbaros y egoístas?
Es habitual escuchar
hablar de los otros, de lo bárbaros que son por aquellas tierras. Nos hemos
acostumbrado a señalar con nuestro dedo inquisidor a otros, nosotros nunca
hacemos nada. ¡Somos unos pobres inocentes que nunca hemos roto un plato! No
seamos ilusos. Y lo peor es, que nosotros, los civilizados, nos hemos olvidado de lo más importante: los
valores.
Estamos sumidos en una
crisis de valores de la que no nos sacan ni queriendo. Nos hemos conformado con
vivir a nuestro rollo, pasar de todo. Podríamos construir un mar de egoísmo, un
mar en el que lo que antes estaba bien, ahora está mal; lo malo de antes es lo
mejor de ahora. ¿Y qué hacemos ante esta situación? Nada, no hacemos nada. No
hay que preocuparse: que los hijos sigan a su rollo, que vivan su vida, que la
destrocen; que los mayores sean egoístas y se olviden de sus criaturas, y que
aquellos que han sido elegidos para poner orden y cordura (los políticos) sigan a lo suyo, que
hagan oídos sordos y que continúen haciendo
lo que han hecho hasta ahora: NADA.
¡Todo nos parece
bien! Pues sigamos así, en un mundo en el que vemos cómo los jóvenes pasan de
todo, un mundo en el que no somos capaces de ayudar a nuestro hermano, un mundo
en el que lo único que importa es el dinero, la apariencia, el poder, un mundo en el que todo está al revés.
Es cierto que los
tiempos han cambiado, ¡claro que han cambiado!, ¡y tanto que han cambiado!,
será por eso por lo que la sociedad ha optado por aligerar carga y ha dejado lo
más valioso que tenía en tierra: los valores.
Por nuestro bien,
espero que despertemos algún día y seamos capaces de reorientar esta pesadilla en la que estamos atrapados.

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